Del amor que encendió todas las luces

Martha y Gregorio de novios. Década del 60.
Martha y Gregorio de novios. Década del 60.

El Parque José Martí, de la ciudad de Guantánamo, es testigo del amor y otras pasiones en todas las épocas. En la década del 60 era el sitio de encuentro de jóvenes cuyo ritual imponía a las damas el dar vueltas en sentido contrario al de los hombres. Fue allí que se conocieron la tímida Martha Albis García Faure y el atento Gregorio Pablo Lauzurique Jorge, pareja guantanamera con más de medio siglo de relación.

Ella “dice él que cuando me vio se encendieron todas las luces y eso que estaba oscuro. “

Él: “En el primer momento que la vi me enamoré. Es la mujer de mi vida.”

Al Parque Martí en aquellos tiempos lo animaban las retretas con orquestas que alentaban el romanticismo desde la música. Estaba rodeado de clubes íntimos con vitrolas como el Arizona, el bar y salón de baile Montecarlo donde hoy se ubica la Pizzería La Veneciana, el Petimiami , hoy restaurante La Criolla y el Kumora, donde los protagonistas de esta historia iniciaron su noviazgo tras los paseos con amigos, familiares y las sucesivas declaraciones de amor mediante serenatas, flores y otros galanteos.

Casamiento 1963
Casamiento 1963

Diez meses después, para sorpresa de todos, Martha y Gregorio se casaron, justo en el año 1966. De las confesiones publico…

Ella: “Nos fue bien pero con dificultades. No todo fue de maravilla. Tuve que trabajar para poder sufragar los gastos de la vida matrimonial y familiar. Me hice maestra, una profesión que me gustó y en la cual me mantuve por 47 años y además me permitió ser más comprensiva y tolerante ante el matrimonio y ante la vida.

Nunca lo vi con otra. Yo era para él la más bonita, la más todo. Tuvimos dos hijas.

Campeamos dificultades, económicas, del hogar. Él era bastante posesivo. Ya ahora tenemos muchos años, discutimos como todas las parejas pero yo lo respeto. Nos hemos complementado en el amor.

ÉL: “Hay que poner paciencia de las dos partes. Un viaje cede uno y en otro. Hay que ceder pero cuando hay amor eso lo va superando todo.”

Acerca de las tradiciones en fechas como el San Valentín, Martha asumió la idea de Gregorio, no hay que demostrar amor en un día específico, sino todos los días aunque expresa su gusto por los regalos sorpresivos. Por eso recuerda con cariño al peluche Tato, detalle que recibió de su esposo hace 51 años el primer día de reyes juntos.

Al preguntarles sobre las tendencias del enamoramiento en la actualidad declara Martha mientras Gregorio asiente con la cabeza:

Ella: “Los hombres y mujeres no se quieren casar temprano, cambian de pareja constantemente. No sé si es bueno o malo, a veces pienso que puede ser bueno, para comparar pero también pienso tantos cambios te hacen perder confianza en la otra persona y siempre hay que confiar.”

Familia del matrimonio. Dos hijas y cinco nietos.
Familia del matrimonio. Dos hijas y cinco nietos.

Esta pareja que se acerca a la celebración de las bodas de esmeralda pues pasan de los 50 años de casados cuentan de su vida amorosa hoy…

Ella: “Ahora miramos juntos las novelas, de noche una de las conversaciones es a planificar las actividades del día. Él cocina y compartimos tareas en casa. Todas las mujeres del barrio me lo quieren quitar-ríe-.

El: “Yo no espero nunca una separación…la final…espero que sea juntos…o que no pase nunca. Es la única que puede venir para nosotros. Él es mi familia, yo soy la de él.”

Con esas palabras, no queda más que decir de mi parte. (El peluche Tato, gastado por el tiempo, sobrevive en el cuarto del matrimonio entrevistado)

¿Saben los nombres de aniversarios de Bodas? Aquí les van…

1 Año Bodas de algodón
2 Años Bodas de papel
3 Años Bodas de cuero
5 Años Bodas de madera
7 Años Bodas de lana
10 Años Bodas de lata
11 Años Bodas de acero
12 Años Bodas de seda
13 Años Bodas de encaje
14 Años Bodas de marfil
15 Años Bodas de porcelana
20 Años Bodas de  cristal
25 Años Bodas de plata
30 Años Bodas de  perlas
35 Años Bodas de coral
40 Años Bodas de rubí
45 Años Bodas de zafiro
50 Años Bodas de oro
55 Años Bodas de esmeralda
60 Años Bodas de diamantes
75 Años Bodas de brillantes

 

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“Ángel” o “milagro”

La fe mueve montañas, dicen.

Muchísimas veces escucho esta frase y no sólo en personas dedicadas por completo a la religión, sino también a quienes un episodio de su vida o de algún familiar les recuerda cómo lo imposible puede tornarse realidad gracias a la certeza de que “algo” puede hacer el milagro.

Y…qué es la fe?  Aseguran fuentes escritas que fe es la  actitud de la totalidad del ser, también la voluntad y el intelecto, dirigida a una persona, idea o, en el caso de la fe religiosa— a un ser divino. La teología afirma que existe una relación intrínseca entre fe y obras, más que entre fe y conocimientos. Así, queda afirmado por religiosos que la fe en la libre gracia de Dios puede hacer milagros trascendiendo cualquier limitación.

Pero mi propósito hoy no es teologizar sobre fe, sino darles a conocer la historia de alguien que sabe mover ese sentimiento en quienes le rodean y con ello, curar, salvar y aliviar cuerpos y espíritus. Se trata del guantanamero Ángel Moya, un personaje campestre al que muchos coterráneos conocen como el botánico y que hace más de 60 años atraía a su casita ubicada en Los tomates del Realengo 18, municipio de El Salvador, a niños, mujeres, y otras personas de varios grupos etáreos.

Confieso que cierta vez, aún muy joven, también emprendí viaje para recibir los servicios de este señor de campo “bendecido por la gracia de Dios”, según él mismo.

Pues aquí les cuento su testimonio:

“Nací con un don. Había una cosa que me indicaba que debía hacer obras de caridad. Yo no quería. Me negaba hasta que tuve que hacerlo porque me castigaban: me daban unos temblores que me obligaban a tirarme en el suelo. Un día llegué a casa de una señora, vecina de aquellos montes donde yo vivía, que se quejaba de unos dolores en el estómago y algo me decía que la “sobara” (técnica antigua que consiste en el masaje o fricción de alguna parte del cuerpo que junto a laxantes o infusiones emplean algunos entes para aliviar “empachos” ( ingestas). El asombro de la señora fue grande al ver que mi forma de sobar era muy diferente: le puse la mano en la barriga (abdomen) y comencé a rezar. Al poco rato, su dolencia empezó a disminuir mientras mi fama de curandero iniciaba. Desde entonces, mi vida ha estado a disposición de los demás y nunca he cobrado un centavo a nadie.

Son tantas cosas que he hecho en esta vida que yo mismo me asombro. Porque me digo -yo no he estudiado medicina, no soy doctor, ¿cómo es posible que pueda salvar a la gente enferma?-

La naturaleza me concedió este don ¿sabe usted cómo trabajo? Tengo una botella bautizada que cuando la toco veo al ser humano por dentro y me permite retratar a esa persona, por ahí empieza mi obra de caridad. Luego le preparo sus remedios, que pueden ser para curar asma, linfangitis, infertilidad y cientos de enfermedades y dolencias. Incluso el ataque de epilepsia sé curarlo cuando es a tiempo: preparo una o dos botellas de Saldeso y pongo el poder sagrado en ella.

Si tanto bien he hecho, creo que he cumplido con mi deber en la vida. Ahora estoy viejo, pero continúo haciendo mi obra de caridad. Desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, muchos me han buscado y yo les he servido a través de los prodigios que la naturaleza me concedió. Creo que seguiré haciéndolo hasta que muera.”

Paralíticos, moribundos, mujeres infértiles, asmáticos y otras personas de diversas partes de Cuba, atestiguan los poderes de Ángel Moya, un viejecito que hoy acumula noventa años de vida, y que supo despertar la fe de muchos hacia el mejoramiento de sus estados de salud.

Según la ciencia no se puede afirmar que hayan tales poderes en una persona, pero sí la existencia de testimonios de guantanameros que creen en ellos, luego de haber recibido “milagros” a través de la fe: esa esperanza a la que se aferra el ser humano y que incontables veces encuentra el resultado esperado.